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Puede estallar otra crisis ‘subprime’ en menos de tres años

12 abril 2016 Gonzalo Toca

Categoría: crisis Economía
Un trabajador de la Bolsa de Nueva York. Eduardo Munoz Alvarez/Getty Images
Un trabajador de la Bolsa de Nueva York. Eduardo Munoz Alvarez/Getty Images
El desplome de las materias primas –y no solo el del crudo o el gas– puede convertir en tóxicos los créditos que les dieron los bancos a cientos de empresas del sector, a los cientos de miles de trabajadores despedidos y a algunas instituciones públicas que multiplicaron sus presupuestos al calor del boom.
Los planetas de una tormenta perfecta están alineándose peligrosamente. Jesús Palau, profesor de finanzas internacionales de ESADE, cree que, de seguir así, “podemos encontrarnos con otra crisissubprime en dos o tres años”. Gail Tverberg, experta en la contabilidad del sector energético, afirma que ni los bancos ni los reguladores están preparados para esta oleada de hipotecas basura. Alberto Martín Rivals, socio responsable de Energía de KPMG en España, recuerda las brutales dimensiones del problema: “Solo en el último trimestre de 2015 se declararon en quiebra en Estados Unidos nueve compañías de petróleo y de gas con una deuda total de más de 2.000 millones de dólares”.
Esta vez, el origen del tifón de créditos basura no sería el sector del ladrillo, sino la terrible situación de muchas de las compañías que producen hierro, aluminio, cobre o combustibles fósiles. Las oprimen casi hasta la asfixia el desplome de los precios de su principal fuente de ingresos y la montaña de deuda que contrajeron con las entidades financieras gracias a la escalada de las materias primas y los estímulos monetarios y fiscales.
Casi inevitablemente, el miedo y la alarma han invadido los mercados. Gonzalo Ramírez, director de Renta Fija y Estructurados de Tressis, admite que “vivimos un escenario en el que, aunque los datos en general son buenos, el mercado está reaccionando como si estuviésemos en 2008: algunos índices de volatilidad ha llegado a dispararse un 30% y un 40% y el castigo a bancos como el Santander es excesivo. ¡No tiene sentido! ¡Es una barbaridad!”.
Sin embargo, para que se produzca una auténtica crisis subprime no basta con que la alarma o la desconfianza corran como fuego sobre gasolina. Es necesario también que un sector estratégico (ayer la construcción y los inmuebles y hoy el de las materias primas) se encuentre gravemente endeudado, que las empresas empiecen a no ser capaces de devolver el dinero que les prestaron, que como consecuencia el mundo pueda entrar en recesión, que millones de personas dejen de poder pagar sus créditos, que las armas de los reguladores sean ineficaces o no estén dispuestos a utilizarlas y que los bancos no posean el suficiente capital para provisionar el zarpazo de la morosidad. Todo eso junto.
Es posible que todo eso junto haya empezado a ocurrir.
La deuda del sector del petróleo y el gas en todo el planeta asciende a unos dos billones de dólares, según Alberto Martín Rivals, socio de Energía de KPMG en España. La inmensa mayoría de los créditos está en manos de los países exportadores y de las grandes multinacionales, mientras que las pymes estadounidenses solo acumulan un 10%.
Según un ex alto directivo de una multinacional petrolera en España, las compañías más frágiles son las pequeñas y medianas (un informe reciente de Deutsche Bank subraya la enorme capacidad de resistencia de las pymes del gas y el petróleo de esquisto en Estados Unidos) y los monopolios de potencias emergentes como Rusia, unos conglomerados que suelen encontrarse crónicamente infracapitalizados porque los Estados los esquilman para financiar el gasto público y pagar prebendas.

No solo las pymes
Gail Tverberg, experta en la contabilidad del sector energético, cree que muchas compañías, y no solo las pequeñas o las medianas, carecen de un músculo financiero que les permita aguantar un desplome en sus ingresos equivalente a más del 60% del precio del crudo. Además, espera que la apreciación del dólar apriete aún más la soga del crédito en el cuello de las agobiadas empresas de los emergentes en su conjunto. La deuda total, en divisa local y extranjera, de esas empresas se catapultó desde cerca de siete billones de dólares en 2008 hasta dieciocho billones de dólares en 2014.
La situación de los balances de las compañías de materias primas ha hecho que, según Standard & Poor’s, los bonos corporativos que están al borde del impago hayan escalado hasta los 180.000 millones de dólares y que las cifras de los impagos efectivos se hayan duplicado en 2015 y se encuentren oficialmente en máximos nunca vistos desde 2009. Algunas estimaciones apuntan a que las grandes petroleras podrían haber sufrido unos flujos de caja negativos de 80.000 millones de dólares el año pasado.
A pesar de eso, Albert Enguix, gestor de GVC Gaesco Gestión, cree que las corporaciones todavía tienen “mecanismos” en la recámara como reducir los costes operativos y de desarrollo y los dividendos o vender activos para conseguir unos recursos que les permitan “refinanciar sus deudas”. Algunos analistas cuestionan la eficacia de la venta de unos activos cada vez más devaluados. Según Alberto Martín Rivals, socio de Energía de KPMG en España, “numerosos fondos están preparándose para comprar a bajos precios los activos en producción que puedan entrar en dificultades en EE UU, reestructurando su deuda y manteniéndolos en funcionamiento mientras cubran sus costes variables”.
La reducción de los costes y la suspensión de proyectos de extracción y producción provocadas por el desplome del precio de las materias primas están generando graves dificultades financieras en algunas administraciones públicas que, en los casos más extremos, pueden llevarlas a quiebras o reestructuraciones. La amenaza más inminente es la de Venezuela, que se espera que quiebre sin remedio entre 2016 y 2017, pero las tensiones de tesorería también se aprecian en países como Arabia Saudí (si no toma medidas drásticas, el FMI ha anunciado que suspendería pagos en los próximos cinco años) o algunos de los ayuntamientos estadounidenses que se beneficiaron de la revolución del gas y el petróleo no convencionales.

Despidos masivos
Los recortes también se han traducido en una destrucción de empleo salvaje, que podría anticipar el impago de cientos de miles de créditos por parte de los hogares. La consultora Graves & Co. estima que se han despedido a más de 250.000 personas desde mediados de 2014 hasta finales de 2015 en el sector global del petróleo y el gas. La minería probablemente esté arrojando una cifra superior, porque solo Anglo-American, uno de los mayores gigantes del sector, anunció en diciembre que echaría a más de 50.000 personas a corto plazo.
Los números finales son peores porque habría que contabilizar también los despidos en las grandes explotaciones agrarias y ganaderas y el paro que genera esta crisis en otros muchos sectores de la economía de naciones como Rusia o Brasil, que llevan meses creciendo en negativo sobre todo por elbajón de las commodities. Según Albert Enguix, gestor de GVC Gaesco Gestión, lo que realmente temen los inversores es una recesión mundial por culpa del descarrilamiento de los grandes países productores y exportadores de materias primas. Gonzalo Ramírez, director de Renta Fija y Estructurados de Tressis, añade a ese temor la posibilidad de que estalle una guerra de devaluaciones competitivas alentada por los bancos centrales de los emergentes.
Jesús Palau, experto en finanzas internacionales de ESADE, cree que los Estados, en especial sus bancos centrales, no disponen ya de muchas balas de plata si lo que quieren es evitar otra crisis subprime y no crear otra mayor a la vuelta de la esquina. Según él, “como se ve en el caso del Banco Central Europeo, la política monetaria tiene muy poco recorrido porque el crédito, a pesar de los esfuerzos del Presidente del Banco Central Europeo,  Mario Draghi, no está aumentando y el dinero acaba en activos financieros”. Además, añade, “los estímulos fiscales y las rebajas de impuestos puede que eviten la próxima crisis estimulando la demanda agregada, pero también aumentarán la deuda y, a medio plazo, nos encontraremos con que igual no podemos pagarla”.
Gail Tverberg, experta en la contabilidad del sector energético, considera que, irónicamente, la implosión financiera que comenzó en 2008 con el hundimiento de Lehman Brothers “les ha quitado las ganas a los reguladores” de tomar algunas de las medidas que podrían evitar su reedición. Una de ellas es ayudar a los bancos a asimilar ordenadamente la dentellada de los créditos fallidos de las empresas de materias primas antes de que se vuelvan insostenibles.
Es verdad que no todos los analistas esperan que se llegue a ese punto. Gonzalo Ramírez, director de Renta Fija y Estructurados de Tressis, no lo ve probable después de la dura lección que tuvo que aprender el sector y de la ampliación de los requisitos de capital que les han impuesto las instituciones internacionales.
Para Albert Enguix “muchos de los bancos tienen bastante colchón para poder afrontar las provisiones” incluso en el caso de que las compañías de energía empiecen a dejar de pagar, una posibilidad que considera remota.
Jesús Palau y Gail Tverberg no están de acuerdo en absoluto, creen que las entidades no tienen suficiente capital y apuntan al castigo que están recibiendo en la Bolsa para subrayar que los inversores piensan lo mismo que ellos. Las acciones de los bancos europeos y japoneses, por ejemplo, han llegado a sufrir caídas del 30% en enero y febrero, mientras los estadounidenses se deslizaban un 19% y Fitch colocabaen perspectiva negativa al 21% de los bancos de los países emergentes.
Las sospechas hacia las maniobras discretas de los políticos y la alarma, como suele ocurrir en los anticipos de las crisis, han empezado a retroalimentarse. Según algunos medios, la Reserva Federal de Dallas podría estar ayudando a los bancos a disimular la morosidad a condición de que refinancien la deuda de los clientes y no los hagan quebrar. Si los inversores llegan a la conclusión de que las cifras sobre la exposición de las entidades americanas a los impagos del sector energético son dudosas, pueden perder todavía más fe en la fortaleza de sus balances. La crisis subprime comenzó como una gran crisis de confianza: nadie sabía con seguridad dónde se encontraban los activos tóxicos y quién tenía más posibilidades de derrumbarse por su culpa.
fuente: http://www.esglobal.org/puede-estallar-otra-crisis-subprime-en-menos-de-tres-anos/

Cinco paralelismos entre las guerras contra el terrorismo y contra las drogas



31 marzo 2016   Iván Giménez Chueca

División estadounidense patrullando los campos de opio de Afganistán para evitar que sean controlados por los talibanes. Bay Ismoyo/AFP/Getty Images
División estadounidense patrullando los campos de opio de Afganistán para evitar que sean controlados por los talibanes. Bay Ismoyo/AFP/Getty Images

El terrorismo y el narcotráfico son dos de los grandes desafíos a los que se enfrenta Occidente. La lucha contra ambos presenta algunas semejanzas.
Antes del 11-S y la consiguiente lucha sin cuartel contra el terrorismo, Estados Unidos y sus aliados ya se habían embarcado en otro conflicto donde se volcaron unas enormes cantidades de recursos humanos y materiales: la guerra contra las drogas. Por un lado, la persecución de los grandes cárteles (en especial en los 80 y 90) aportó experiencias que luego se aplicaron en operaciones contra organizaciones como Al Qaeda o Daesh. Pero por otro, también hay paralelismos en los aspectos negativos. Como por ejemplo, operaciones encubiertas de dudosa legalidad, contar con el apoyo de regímenes poco democráticos, violaciones de derechos humanos…
Estados Unidos comenzó a hablar de Guerra contra las Drogas 30 años antes de los atentados terroristas en Washington y Nueva York. En junio de 1971, el presidente Richard Nixon anunció que el tráfico de narcóticos se había convertido en el “enemigo número uno” del país. Aunque desde 2009, la Administración Obama prefiere no utilizar este término.
Tanto desde el punto de vista positivo como desde el negativo, estos son los cincos paralelismos entre las luchas contra el comercio ilícito de drogas y el terrorismo.
1. Uso de la inteligencia electrónica. El caso Snowden ha puesto de manifiesto la capacidad del gobierno de Estados Unidos para espiar las comunicaciones con programas de vigilancia masiva como PRIMS o Xkeyscore. Pero esta voluntad de control masivo para luchar contra actividades delictivas no surge de la persecución al terrorismo yihadista.
La lucha contra los cárteles supuso los primeros pasos en este control de las telecomunicaciones. Tal y como revelaba USA Today en abril de 2015, la Agencia Antidroga estadounidense (DEA en sus siglas inglesas) fue la antecesora a la NSA a la hora de espiar las llamadas de los estadounidenses. Habría vigilado tanto en las llamadas internas como las destinadas a 116 países, en especial a México y América Central.
Este espionaje de la DEA contó con apoyo técnico del Pentágono que aportó los equipos necesarios, pero también participaron analistas de inteligencia exterior (CIA y NSA) para rastrear los datos que se obtenían. Aunque no se llegaba a controlar el contenido exacto de las comunicaciones, sí proporcionaba datos clave como números de llamadas y frecuencia con que se realizaban.
La interceptación de mensajes y la localización de llamadas fue también un método esencial en la persecución del señor de la droga colombiano, Pablo Escobar. El libro del periodista estadounidense Mark Bowden, Matar a Pablo Escobar, detalla la presencia de la unidad estadounidense, conocida como Centra Spike, especializada en estas labores.
Centra Spike trabajó con la unidad encargada de perseguir a Escobar, el Bloque de Búsqueda. Pudieron localizarlo tras una larga investigación de las llamadas del jefe del cártel de Medellín, particularmente las que efectuó a su hijo. Aunque tal y como ha explicado el propio Bowden a esglobal, “ahora estos métodos son mucho más sofisticados, cualquiera que utilice hoy en día un dispositivo de telecomunicaciones puede ser rastreado y localizado instantáneamente”.
2. La coordinación de varios cuerpos de seguridad. La citada colaboración entre la DEA, CIA, NASA y el Pentágono fue más allá y se extendió a otros cuerpos policiales de Estados Unidos en los 80 y 90, tanto locales como federales (FBI o Guardas Costas). A su vez, también aumentaron las investigaciones conjuntas con fuerzas de seguridad de otros países.
Un ejemplo del aumento de la colaboración dentro de EE UU fue cuando los militares comenzaron a participar en la vigilancia fronteriza. Destacó la Joint Task Force North (originariamente denominada JTF-6) que en 1996 desplegó los primeros drones Predators, entonces sin armas, para este propósito.
Los fallos en la coordinación entre la CIA y el FBI tras los atentados de Al Qaeda en 2001 propició que Estados Unidos reorganizara la gran mayoría de sus agencias bajo el paraguas del Department of Homeland Security. Su función es gestionar la cooperación entre 187 organismos (como la Guardia Nacional, la Agencia Federal de Gestión de Emergencias, control de fronteras, transportes…). Aunque se creó para aunar esfuerzos y prevenir un nuevo gran ataque terrorista en suelo estadounidense, la Homeland Security también puede actuar en otro tipo de emergencias como grandes desastres naturales o accidentes. Curiosamente, los republicanos han expresado la necesidad de recortar a este departamento, y seguramente será un caballo de batalla para la próxima administración que surja de las elecciones de noviembre.
Pero también ha habido ejemplos de descoordinación o poco entendimiento. A principios de los 70, la DEA ya quiso procesar al general Manuel Noriega, aún no era dictador de Panamá, pero sí un importante colaborador de la CIA en la lucha contra el comunismo en América Central. Los detalles de esta historia los explica Alexander Cockburn y Jeffrey Saint Clair en su libro Whiteout: The CIA, Drugs and the Press.
3. La presencia de aliados incómodos y la violación de derechos humanos. Dictaduras, paramilitares, guerrillas… Estados Unidos y otros países occidentales han recurrido a los aliados que violan las libertades a la hora de luchar tanto contra el terrorismo como el narcotráfico.
En el caso del tráfico de drogas, EE UU solapó sus intereses con la lucha contra la influencia de la Unión Soviética en América Latina. Washington dio apoyo a regímenes y grupos armados anticomunistas, pero que, en algunos casos, también eran muy activos en el comercio de estupefacientes, como el citado caso de Manuel Noriega o el activo papel de la Contra nicaragüense vendiendo cocaína.
La colaboración entre la Administración estadounidense y los Contras en materia de narcotráfico han dado mucho de que hablar en Estados Unidos. El Comité Kerry en el Senado de EE UU en 1986 puso de manifiesto que el Departamento de Estado había recurrido a narcos para llevar ayuda a los insurgentes nicaragüenses. También hubo informaciones en prensa que vinculaban a la CIA en el apoyo al tráfico de cocaína de los  Contras, pero las investigaciones del Gobierno de EE UU las desmintieron.
Washington también recurrió a aliados poco recomendables para perseguir a narcotraficantes. Según los informes de Human Right Watch y documentos desclasificados por la propia CIA en 2008, Estados Unidos compartía información con la Policía Nacional colombiana durante la persecución de Pablo Escobar, sabiendo que esos datos irían a parar a los PEPES, un grupo paramilitar que asesinaba a los miembros del Cártel de Medellín.
Además, programas como el Plan Colombia o la Iniciativa de Mérida (colaboración para luchar contra elnarco mexicano) también han despertado críticas porque violan cuestiones relacionadas con los derechos humanos; como que la ayuda fuera a parar a grupos paramilitares (como las AUC) o que ésta estuviera destinada a unidades policiales que practicaban la tortura.
Mark Bowden considera que el riesgo de que Washington recurra a este tipo de aliados que no respetan los derechos fundamentales “aumenta cuando el país se siente amenazado”. Por su parte, Óscar P. Ventura, analista en terrorismo y yihadismo internacional, se muestra rotundo sobre la eficacia de recurrir a estos elementos, “no han mejorado en absoluto la lucha antidroga o antiterrorista”.
4. La importancia del control de fronteras. Tras el 11-S y cada vez que el yihadismo golpea directamente a un país occidental se abre el debate sobre el control de las fronteras. Durante los años más intensos de la Guerra contra las Drogas (y aún sigue en todo Occidente), los Estados implementaron medidas para controlar mejor sus fronteras.
Ya se ha visto el caso de cómo Estados Unidos desplegó a sus drones a mediados de los 90. Pero la JTF-6 comenzó sus actividades en 1989, dando apoyo con unidades militares a la vigilancia en la frontera de México con los estados de California, Arizona, Nuevo México y Texas. El Pentágono valora estos operativos porque les permite un entrenamiento muy útil para sus tropas.
Volviendo al caso de México y más allá del comercio de estupefacientes, el tráfico de armas en la frontera también es importante. En especial desde el lado de EE UU hacia el sur. La Oficina estadounidense para el Alcohol, Tabaco, las Armas de Fuego y Explosivos (ATF por sus siglas inglesas) lanzó una controvertida operación, bautizada como Fast and Furious, para detectar estos flujos comerciales.
La operación consistía en vender armas sin restricciones en Arizona. Se esperaba que los narcosmexicanos acudieran a comprarlas, y la ATF seguiría su rastro. Pero todo terminó en un fiasco. No se pudo detener a ningún narcotraficante destacado, y se cree que hubo 150 muertos en delitos cometidos con esas armas a ambos lados de la frontera.
En el caso de esta vigilancia territorial, ha costado tener lecciones útiles de un caso a otro. Según Óscar P. Ventura, “el control de fronteras tanto en la lucha antidroga como la antiterrorista es primordial”, y recuerda que “los límites de la Unión Europea han sido y son demasiado laxos en lo que respecta a la penetración de drogas y movimientos de elementos terroristas”.
Mark Bowden tampoco se muestra muy optimista, “las lecciones extraídas del esfuerzo por controlar el tráfico de drogas no son un buen augurio para combatir al terrorismo o la inmigración ilegal”.
5. El auge de las operaciones militares encubiertas. Actualmente, es habitual encontrar noticias que hablan de operaciones de fuerzas especiales en lugares como Siria, Irak o Somalia. Muchas de ellas van destinadas a capturar o eliminar a líderes de Al Qaeda o del Estado Islámico. Solo hay que recordar todo lo que ha dado que hablar la misión donde los Navy Seals mataron a Osama Bin Laden.
Estas acciones contra yihadistas tienen un referente claro. La persecución de Pablo Escobar que acabó con su muerte en 1993. Para Mark Bowden, está comprobado que se han podido extraer lecciones positivas de esta actuación ya que “ayudó a refinar las tácticas en este tipo de operaciones y ahora son mucho más efectivas”.
Bowden también indica que la lucha contra los cárteles sirvió para preparar a estas tropas de élite a la hora de actuar contra actores no estatales. También cree que la insistencia por atacar a blancos tan específicos, ya sean líderes terroristas o de cárteles, “se debe a que los objetivos han elevado el grado de violencia hasta amenazar seriamente al Estado que decide perseguirlos”.
Estas operaciones de fuerzas especiales contra los narcos también han generado controversia. Por ejemplo, la Delta Force de EE UU oficialmente solo asesoró a la policía colombiana en los años duros del narcoterrorismo.
Cuando Pablo Escobar fue abatido en 1993, en seguida corrió el rumor de que el disparo que mató al líder del cártel de Medellín lo hizo un tirador de élite estadounidense. El propio Bowden en su libroMatar a Pablo Escobar defiende esta hipótesis, aunque medios como The New York Times la han desestimado.
La implicación en la persecución de narcotraficantes aún continuaría hoy en día. Por ejemplo, medios como The Washington Post barajaron la posibilidad de que soldados de élite estadounidenses colaboraron en la captura de El Chapo Guzmán, pese a que hubo desmentido del Gobierno mexicano de Peña Nieto.
Más allá de las fuerzas especiales, pero siguiendo en el ámbito de las operaciones secretas, Óscar P. Ventura señala también otra diferencia entre las luchas contra el narcotráfico y el terrorismo, “el agente encubierto siempre ha dado resultados muy positivos en la lucha antidroga”, también recuerda el buen resultado que las infiltraciones tuvieron contra grupos terroristas como el IRA o ETA, pero “parece que en la lucha antiyihadista no está dando buenos frutos por la dificultad de la infiltración y penetración”.

FUENTE: http://www.esglobal.org/cinco-paralelismos-entre-las-guerras-contra-el-terrorismo-y-contra-las-drogas/