Siete perspectivas clave para la economía mundial en 2016

13 enero 2016 Gonzalo Toca


Cada vez son más los economistas que ven un año lleno de curvas y sorpresas. Éstas son algunas de ellas.

Nos las prometíamos relativamente felices después de los primeros meses de 2015, eso hay que reconocerlo. La economía global había entrado en una fase de crecimiento, lo peor de la crisis empezaba a verse por el retrovisor a pesar de las terribles cifras de paro de países como España y los precios de la energía y la laxitud de la política monetaria habían sellado una alianza virtuosa.
Sin embargo, conforme pasaba el tiempo, las cosas comenzaron a ponerse cada vez más turbias. La energía estaba barata, sí, pero el desplome se ha producido durante 19 meses y ha alcanzado tal intensidad (el barril cayó más de 40% entre 2014 y 2015) que se ha llevado por delante el crecimiento de muchos países productores de combustible. Entonces, empezamos a preguntarnos si Arabia Saudí podría quebrar y el FMI vaticinó que lo haría en cinco años si no tomaban medidas.
La política monetaria, sobre todo los ultra-bajos tipos de interés de Estados Unidos pero últimamente también los de la Unión Europea, hacía prever como decíamos muchas facilidades para crecer, porque incentivaba la inversión y era más cómodo endeudarse y devolver lo prestado. No tardamos mucho en descubrir que los tipos de la Reserva Federal de EE UU (Fed) habían alimentado durante años una burbuja de deuda privada en los emergentes que podría reventarnos en la cara próximamente.
Finalmente, la crudeza de las duras reformas y recortes sin anestesia y la desesperación de parte de la población que siente que la han engañado con las promesas de la globalización han multiplicado el protagonismo de partidos y líderes políticos de extrema izquierda y derecha en Europa o descarnadamente populistas (como Donald Trump) en Estados Unidos. Todo ello anima a dudar de que el crecimiento y la estabilidad de las economías vayan a traer tranquilidad y a evitar la recaída en la recesión.
¿Pero qué podemos esperar realmente para 2016? ¿Cuáles son las amenazas y las previsibles buenas noticias que nos aguardan?
Una inversora camina al lado de una pantalla que muestra los movimientos de la Bolsa en la provincia china de Zhejiang, enero de 2016. STR/AFP/Getty Images



1.Terror en los emergentes. El Banco Mundial ha advertido de que prácticamente todos los países emergentes, por primera vez desde los 80, están reduciendo su crecimiento al mismo tiempo. A eso se suma “un entorno externo particularmente desafiante para los exportadores de materias primas”, que deberían enfrentarse no solo a la caída del precio y la demanda de su principal fuente de ingresos sino también, y en esto coinciden con el resto, a unos flujos de inversión extranjera cada vez menores y a las presiones que los mercados ya han empezado a ejercer sobre sus monedas. El enfriamiento del comercio internacional está extendiendo el daño de los emergentes exportadores de materias primas a los de manufacturas.
2.China, el motor que se cala. Aunque nadie duda de que el crecimiento chino, seguramente próximo al 6% también este año, continúe asombrando al mundo, los expertos tampoco niegan los enormes peligrosque están haciendo que la locomotora del planeta empiece a calarse. Los principales motivos son y serán este año el derrape de las exportaciones globales de las que depende en gran medida su prosperidad, la tumultuosa transición de un modelo de crecimiento basado en la inversión a otro basado en el consumo, la espectacular deuda de sus empresas y la creciente salida de capitales –alrededor de 500.000 millones de dólares solo en 2015– que abandonan el país a la menor oportunidad.
3.¿Crisis de deuda en China y los emergentes? Ha llegado el momento de dejar de afirmar que China y los países emergentes no se pueden enfrentar a una devastadora crisis de deuda soberana solo porque sus porcentajes de deuda pública sobre el PIB son relativamente ligeros. Si tienen que nacionalizar mediante rescates parte de los 18 billones de dólares que deben sobre todo sus empresas para evitar grandes cifras de paro o el descontento de la población, la cosa resquebrajará sus finanzas públicas solo en cuestión de meses y semanas. La posible quiebra de esas compañías podría deberse al efecto combinado de la caída de sus ingresos, el rápido encarecimiento de su deuda (por la subida del dólar y por el mayor riesgo que aprecian sus acreedores) y los extremos vaivenes que están experimentando los precios de la energía.
Globos con las caras de los líderes de los países que conforman el G-7. Robert Michael/AFP/Getty Images



4.El contagio del mundo desarrollado.Maurice Obstfeld, consejero económico del FMI, fue claro en octubre y desde entonces la situación no ha mejorado. Según Obstfeld, “el principal riesgo a medio plazo para las economías desarrolladas es que flaquee aún más su bajo crecimiento económico hasta llegar al estancamiento sobre todo si la demanda mundial sigue frenándosepor  las expectativas de debilitamiento en los mercados emergentes”. En consecuencia, ningún Estado del G-7 crecerá más de un 2% este año a excepción de Reino Unido y Estados Unidos, según el Fondo Monetario Internacional.
5.India y Estados Unidos, ¿islas de prosperidad? Mientras las convulsiones surgen con fuerza volcánica en los emergentes, EE UU parece imperturbable. Sus niveles de desempleo están muy cerca de alcanzar los de 2007 (pueden caer por debajo del 5% de paro y convertirse así en la envidia de tantos países azotados por la crisis) mientras el FMI augura que la primera potencia global crecerá un 2,8% este año. Es una incógnita cuánto aguantará sin exhibir una sola cicatriz en los pilares de su economía. Si la demanda mundial sigue enfriándose –especialmente allí donde más aumentaba, es decir, en los emergentes– las exportaciones estadounidenses no tardarán en sufrir las consecuencias.
Aunque suela quedar eclipsada por China, India podría crecer alrededor más de un 7% este año, es decir, aproximadamente un punto más que el otro gigante asiático. Sin embargo, todo apunta a que los principales motores son el gasto público y una fuerte inversión en infraestructuras. Si no desatasca las reformas y el mercado internacional sigue perdiendo fuelle, cuando la mano visible del Gobierno se retire gradualmente en los próximos meses, la mano invisible del mercado y la iniciativa privada no podrán tomar el relevo. La consecuencia sería la que ya han conocido otros países desarrollados durante la crisis: los estímulos públicos sin reformas productivas se traducen en más deuda y apenas mejoran el nivel de vida de la población a largo plazo. Es verdad que India necesita puentes, carreteras y tuberías, pero también lo es que sin reformas el crecimiento que permitiría salir a tantos pobres de la miseria no será sostenible.
Un empleado de la Compañía de Petróleo de Kuwait. Yasser Al Zayyat/AFP/Getty Images



6.El dilema del petróleo. Los expertosencuestados por Reuters no han dejado de reducir sus expectativas sobre el precio del crudo para 2016 desde mediados del año pasado. A pesar de eso no creen que los Estados productores que integran la OPEP vayan a recortar la producción aunque siga desplomándose. Esto significa una buena noticia para los países que están recuperándose a duras penas de la crisis,  pues la energía suele ser un gran motor de inflación y una generosa porción de las importaciones. Sin embargo, esto puede dañar mortalmente a  muchas grandes petroleras y gasistas, embestir a los países que dependen del crudo que exportan y desestabilizar, sobre todo, a aquellos que sufren una enorme volatilidad política. Arabia Saudí y sus aliados del Golfo están castigando con suma dureza a democracias con gobiernos frágiles como Venezuela, tuteladas por religiosos como Irán, de corte autoritario como Rusia o con instituciones fallidas como las de Irak.
7.Un mar de incertidumbres. Es un misterio cómo afectará el nuevo enfrentamiento entre Irán y Arabia Saudí a los precios del crudo, cómo se producirá la transición política en Venezuela y probablemente en Brasil por culpa en parte del desplome del petróleo y del enfriamiento de las materias primas, hasta qué punto la multiplicación del gasto militar en Europa que se anunciará seguramente en junio se convertirá en un plan de estímulo disimulado o qué posibilidades realistas existen para los tratados de libre comercio entre Europa y Estados Unidos y Europa y China que se negociarán en 2016 concluyan con éxito. También es difícil imaginar el alcance de la erosión de las finanzas públicas comunitarias que provocarán las incontenibles oleadas de refugiados e inmigrantes de países en conflicto. Todas estas son incógnitas, peligros y quién sabe si oportunidades que ningún economista puede calcular.

FUENTE: http://www.esglobal.org/siete-perspectivas-clave-para-la-economia-mundial-en-2016/


En África mitigan el cambio climático a la vieja usanza

Por Frederic Mousseaun

El salvadoreño Adolfo es un ejemplo de los beneficios de la agroecología campesina. Crédito: Jason Taylor/Amigos de la Tierra Internacional
El salvadoreño Adolfo es un ejemplo de los beneficios de la agroecología campesina. Crédito: Jason Taylor/Amigos de la Tierra Internacional
Este es un artículo de opinión de Frederic Mousseau, director de políticas del Instituto Oakland y coordinador de la investigación del proyecto de agroecología.
OAKLAND, Estados Unidos, 14 ene 2016 (IPS) - Millones de agricultores africanos no necesitan adaptarse al cambio climático, ya lo hicieron gracias a la agroecología, basada en prácticas y saberes tradicionales que, además, permiten garantizar la seguridad alimentaria.
Como muchas comunidades en África, las de las Tierras Altas de Gamo, en Etiopía, están bien preparadas para las variaciones climáticas. La gran biodiversidad del área, la base de su sistema agrícola que les permite adaptar sus prácticas agrícolas con facilidad a las variaciones del clima.
La comunidad gamo también está acostumbrada a gestionar el ambiente y los recursos naturales de forma adecuada y sostenible, arraigada en sus costumbres y conocimientos tradicionales, lo que la vuelve resiliente a las inundaciones y a las sequías.
No se conocen estos casos exitosos porque quedan enterrados bajo la retórica del discurso favorable a un desarrollo basado en un cóctel destructivo de ignorancia, codicia y neocolonialismo.
Los sistemas agrícolas ancestrales suelen ser considerados como arcaicos por los gobiernos centrales, pero tienen mucho que enseñar al mundo, en especial frente a los desafíos planteados por el cambio climático y la inseguridad alimentaria.
A partir de los conocimientos indígenas, agricultores de todo el continente lograron acumular un montón de experiencias e innovaciones exitosas en materia agrícola. Estos esfuerzos se desarrollaron de forma consistente en las últimas décadas tras las sequías que impactaron a muchos países en los años 70 y 80.
En Kenia, el sistema de agricultura biointensiva se diseñó en los últimos 30 años para ayudar a los pequeños agricultores a cultivar la mayor cantidad de alimentos en las tierras más pobres y con un mínimo de agua.
Unos 200.000 agricultores keniatas, que alimentan a cerca de un millón de personas, adoptaron la agricultura biointensiva, que les permite utilizar hasta 90 por ciento menos de agua que con la alternativa convencional.
La agricultura biointensiva también les permite comprar entre 50 y 100 por ciento menos de fertilizantes, gracias a un conjunto de prácticas agroecológicas que suministran mayor materia orgánica al suelo, la casi continuidad de la cobertura de tierras cultivadas y una fertilidad adecuada para la buena salud de las plantas y las raíces.
La región del Sahel, en la frontera del desierto del Sahara, es conocida por sus duras condiciones ambientales y la amenaza de la desertificación. Lo que no se conoce tanto es el enorme éxito de las acciones adoptadas para frenar el avance de las tierras áridas, recuperar las tierras y el sustento de sus agricultores.
Lanzado en los años 80, el Proyecto de Desarrollo Rural Keita, en Níger, demoró unos 20 años en recuperar el equilibrio ecológico y mejorar de forma drástica la economía agraria en la zona.
En ese lapso, se plantaron unos 18 millones de árboles, la superficie bajo el bosque aumentó 300 por ciento, mientras la estepa con arbustos y las dunas disminuyeron 30 por ciento. Además, las tierras cultivables se expandieron en alrededor de 80 por ciento.
En África mitigan el cambio climático a la vieja usanza
Frédéric Mousseau. Crédito: Cortesía del autor
En toda la región, un gran número de proyectos utilizaron soluciones agroecológicas para restablecer las tierras degradadas y ahorrar los escasos recursos hídricos, al tiempo que aumentar la producción de alimentos y mejorar la resiliencia y el sustento de los agricultores.
En Tombuctú, en el norte de Malí, el Sistema de Intensificación del Arroz logró resultados sorprendentes, con una producción de nueve toneladas de este cereal por hectárea, más del doble de lo que permiten los métodos convencionales, al tiempo que se pudo ahorrar agua y otros insumos.
En Burkina Faso, las técnicas de conservación del agua y del suelo, incluida una versión modernizada de la tradicional forma de plantar con pozos zai, han sido muy exitosas para recuperar las tierras degradadas y mejorar la producción de alimentos y los ingresos.
Los países de África austral han estado lidiando con continuas sequías, que generan grandes pérdidas en los cultivos de maíz, el principal cereal en la región. Desde hace varios años, agricultores y gobiernos crearon una gran variedad de soluciones agroecológicas para evitar las crisis alimentarias e impulsar la resiliencia frente a los impactos climáticos.
El enfoque común ha sido el de abandonar el cultivo exclusivo de maíz, que es altamente vulnerable a las variaciones climáticas, además de muy costoso y demandante de la compra de insumos, como semillas híbridas y fertilizantes.
Las exitosas soluciones sostenibles y asequibles incluyen la gestión y la recolección de agua de lluvia, la ampliación de la agricultura de conservación y regenerativa, la promoción de la producción y el consumo demandioca y otros tubérculos, la diversificación de la producción y la integración de cultivos con árboles fertilizantesy plantas leguminosas que fijan el nitrógeno.
Los ejemplos anteriores proceden de una serie de 33 estudios de caso, divulgados por el Instituto Oakland, que ilustran el enorme éxito de la agricultura agroecológica en todo el continente africano frente al cambio climático, el hambre y la pobreza.
Uno de los aspectos que todos los casos tienen en común es que los agricultores, entre lo que hay muchas mujeres, están al frente de sus propios proyectos de desarrollo.
Otro elemento en común es que no se basan en insumos agrícolas externos, como las semillas comerciales, los fertilizantes sintéticos y los pesticidas químicos, la base de la agricultura llamada convencional.
Los principales insumos para la agroecología son la propia energía de la gente y el sentido común, conocimientos compartidos y, por supuesto, el respeto por, así como el uso adecuado de, los recursos naturales.
La pregunta de por qué no son conocidos estos casos exitosos es pertinente; quedan enterrados bajo la retórica del discurso favorable a un desarrollo basado en un cóctel destructivo de ignorancia, codicia y neocolonialismo.
Desde la crisis de los precios de los alimentos, en 2008, se escuchó una y otra vez el argumento de que África necesitaba de la inversión extranjera en la agricultura para “desarrollar” el continente, de una revolución verde, de más fertilizantes sintéticos y de cultivos transgénicos para combatir el hambre y la pobreza. Pues bien, los estudios de caso de la agroecología echan por tierra esos mitos.
La evidencia, hechos y datos irrefutables, está allí: millones de africanos ya diseñaron sus propias soluciones para su propio beneficio y lograron adaptarse tanto a los sistemas agrícolas insostenibles heredados de la época colonial como a los actuales desafíos que presentan el cambio climático y la degradación ambiental.
Otra buena noticia es que la transición a la agroecología es asequible para los gobiernos africanos, que ya gastan miles de millones de dólares al año en subsidios para fertilizantes y pesticidas.
En Malawi, los subsidios a la agricultura ascienden a cerca de 10 por ciento del presupuesto nacional anual.
La evidencia existente, basada en la experiencia de millones de agricultores, debería impulsar a los gobiernos africanos a optar por la única alternativa razonable: que este continente sea el protagonista en la superación del hambre y en la explotación corporativa y avance hacia una forma sostenible y adaptada al clima para la producción de alimentos para todos.
Traducido por Verónica Firme


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¿Pueden quebrar los emergentes por culpa de sus empresas?

Un trabajador de la construcción en Pekín, China. Greg Baker/AFP/Getty Images

05 enero 2016; Gonzalo Toca

Los países emergentes están sentados sobre una bomba de relojería que todavía tienen margen para desactivar. Pero la cuenta atrás ha comenzado.

Muchos emergentes pueden presumir una deuda pública relativamente ligera en términos de PIB pero saben que eso nunca impediría una debacle financiera. Simplemente, se multiplicaría a toda velocidad hasta la asfixia si los ingresos de los tributos se desploman, los inversores salen corriendo y los bancos tienen que ser rescatados porque las empresas, muy endeudadas, ya no pueden devolverles el dinero.
En esas situaciones extremas, se impone nacionalizar parte de la deuda privada para estabilizar la economía y, en pocos años, una deuda pública modesta se convierte en un lastre agobiante que exige un rescate del Estado o de una parte de su  sistema financiero. En España lo saben bien, porque así es cómo su deuda pública pasó del 36% del PIB en 2007 a superar el 100% del PIB en 2015.
Ese escenario puede repetirse a corto plazo en muchos países emergentes, pues, aunque su deuda pública es relativamente modesta, la de sus empresas, según las cifras del Fondo Monetario Internacional, se catapultó desde cerca de siete billones de dólares en 2008 hasta dieciocho billones de dólares en 2014. La mayor parte de ese torrente –alrededor del 80%– son préstamos denominados en moneda local.
Los sectores más vulnerables son la construcción, la industria, la minería y la producción y extracción de petróleo y gas, porque ahí se encuentran los negocios con más posibilidades de quebrar en un contexto internacional donde ha descendido la demanda para las exportaciones de los emergentes, donde los precios de los combustibles fósiles se han desplomado contra pronóstico más un 40% en el último año y medio, y donde la retirada de los estímulos cuantitativos de la Reserva Federal estadounidense ya ha provocado una fuga de capitales y un ataque contra las monedas que se está agravando con la subida de los tipos de interés en diciembre y probablemente otra vez en marzo.
 Causas ‘globales’
Los economistas, aunque pueda parecer lo contrario, no se ponen de acuerdo en muchas cosas. Aquí, sin embargo, coinciden: la causa principal del aumento del endeudamiento es fundamentalmente “global”, que es el término que utilizan las instituciones internacionales en este caso para no decir que los máximos culpables son sobre todo las políticas monetarias de los países desarrollados (destacan la de Estados Unidos por encima de todas) y, en un segundo plano, la escalada del precio de la energía entre 2009 y mediados de 2014 –cuando el barril se disparó un 40%– y su posterior derrumbamiento del 40% a partir de entonces.
La influencia de los precios del barril es fácil de entender. Para empezar, las empresas pedían créditos para extraer y producir crudo y gas ante semejante bonanza mientras otras se veían obligadas a endeudarse para pagar una factura energética cada vez más elevada. Al mismo tiempo, los países emergentes que eran grandes productores y exportadores de combustibles fósiles se confiaron y muchas de sus principales corporaciones emitieron bonos y firmaron préstamos millonarios.
Creyeron que la espiral del barril iba a durar para siempre o que se iba a estabilizar por todo lo alto… y no esperaban –no esperaba nadie– la decisión de Arabia Saudí. Riad no ha dudado en hundir los precios del crudo desde mediados de 2014 para reventar los proyectos de petróleo y gas de esquisto dentro y fuera de Estados Unidos, para hacer un daño brutal a los ineficientes productores rusos y para imponer el abandono de las prometedoras exploraciones en el Ártico y en aguas profundas.
La erosión de las finanzas públicas por culpa de esa volatilidad tan tremenda ha convencido a muchos Estados importadores y exportadores netos de crudo y gas de que tienen que diversificar rápidamente sus fuentes de energía. Curiosamente, esto también ha significado una renovada apuesta por las renovables por parte de grandes exportadores como China o Canadá.
De todos modos, los precios de la energía han tenido un impacto relativamente menor en comparación con lo que el FMI llama diplomáticamente “accomodative global monetary conditions”. Se refiere, esencialmente, a dos políticas de la Reserva Federal estadounidense: para empezar, a los 3,5 billones de dólares gastados en programas sucesivos de expansión cuantitativa que comenzaron en noviembre de 2008 y concluyeron en octubre de 2014; y para continuar, a una rebaja de los tipos de interés oficialesque ha llevado a los tipos de interés efectivos a no superar el 0,22% desde marzo de 2009 cuando solo dos años antes rebasaban el 5%.
¿Pero cómo han espoleado estas dos políticas (y otras similares en el resto del mundo desarrollado) el endeudamiento de las empresas de los países emergentes? Antes de responder a esa pregunta, hay que explicar bien cuáles fueron las consecuencias de las decisiones de los grandes banqueros centrales. Nos centraremos en las de Estados Unidos, porque fueron las más influyentes.
 La pistola humeante, en manos de la Fed
La rebaja de los tipos de interés oficiales y la compra masiva de bonos de deuda soberana por parte de la Reserva Federal de EE UU (Fed) contribuyeron a que el valor de la divisa estadounidense cayese frente a las demás y aplastaron la rentabilidad los activos denominados en dólares. Los inversores empezaron a apostar por activos que les rindieran más mientras que muchos países emergentes que exportaban a la primera potencia mundial veían con horror cómo sus productos –denominados en divisa local– perdían competitividad porque el dólar estaba cayendo y sus monedas nacionales o subían o se mantenían estables en comparación.
En estas circunstancias, es fácil apreciar el primer mecanismo con el que la Fed espoleó la deuda de las empresas de los emergentes: los bancos centrales de los estos países no querían que sus monedas locales se apreciasen demasiado frente al dólar (y que sus exportaciones se vieran dañadas con ello) y lo que hicieron fue rebajar también sus tipos de interés. Los créditos de las compañías que operaban en Brasil o Malasia se abarataron y los directivos se animaron a pedir más y más préstamos con independencia de que lo justificasen sus necesidades de inversión.
El segundo mecanismo consiste en que la compra masiva de bonos de deuda soberana tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo desarrollado provocó un desplome de su rentabilidad lo suficientemente demoledor como para que los grandes capitales multiplicasen sus inversiones en bonos y activos financieros de otros países. La lluvia de inversión extranjera que estalló sobre los emergentes abarató las condiciones de financiación de las empresas locales, porque, entre otras cosas, los bancos disponían de más dinero para prestar (los extranjeros abrían nuevas cuentas todos los días) y la adquisición masiva de bonos soberanos de los países emergentes por parte de los grandes fondos y gestores también rebajó los intereses que los estados (e indirectamente las empresas) tenían que pagar por endeudarse.
Y el tercer mecanismo de transmisión son los bonos de deuda de los emergentes que están denominados en moneda extranjera (normalmente, en dólares). La rebaja de los tipos de interés y la compra masiva de bonos de deuda soberana en Estados Unidos abarataron la financiación en dólares y las empresas de los países emergentes reaccionaron pidiendo créditos denominados en la divisa estadounidense a precio de ganga.
La situación de estos países, en este momento, es alarmante. Para empezar, el enfriamiento de sus economías, muy dependientes de unas exportaciones para las que se ha reducido la demanda o de unos combustibles fósiles que se han desplomado, y  el desmantelamiento de los programas de expansión cuantitativa de la Fed en octubre de 2014 han animado a miles de inversores extranjeros a hacer las maletas mientras los especuladores empezaban a atacar sin piedad unas monedas locales que consideran sobrevaloradas.
Por si fuera poco, la subida de los tipos de interés por parte de la Fed está atizando aún más la fuga de capitales, que ya había empezado a producirse en China o Brasil, y ha apreciado los intereses de todoslos bonos denominados en dólares. Las grandes empresas de los emergentes, con una deuda que supera los 18 billones de dólares, ven con horror cómo su créditos se encarecen (y sus ingresos caen) de la noche a la mañana.  Saben que cuentan con muy poco margen de maniobra sin la ayuda de sus Estados. ¿Se arriesgarán estos últimos a nacionalizarlas para impedir grandes cifras de paro aunque eso suponga aumentar las posibilidades de un rescate del FMI? ¿Las dejarán caer si con eso ralentizan el crecimiento económico, se infla el paro y se exponen así los Gobiernos a la ira de la población?

¿Pueden quebrar los emergentes por culpa de sus empresas?